“Si no sos linda, tenés que ser inteligente.”
Esa frase se instaló en mí cuando iba a la escuela primaria. Me la creí, me la apropié, y se quedó conmigo durante años.
Lo paradójico es que no solo me empujó a exigirme académicamente, también disparó la carrera por “ser linda”. Como si las dos cosas fueran deudas que tenía que saldar al mismo tiempo.
Esa frase controló cada entrenamiento, cada bocado, cada vez que me miré al espejo. Evaluó centímetro a centímetro mi cuerpo. Calculó caloría a caloría.
Y no voy a mentirte: en mis peores días todavía viene a visitarme. Pero ya no manda.
Hubo un momento en que me agoté y dije basta. Lo dije en soledad, porque este dolor, el de sentir que a tu cuerpo todo el tiempo le falta algo “para estar bien”, siempre se vivió así: en silencio, en privado, como si fuera solo tuyo. Como si el compartirlo hiciera más evidente todo eso que “no estas haciendo bien”.
Decidí empezar a formarme. A leer. A buscar, desde la psicología y desde el feminismo, una forma de pasar menos tiempo mirando mi cuerpo y más tiempo viviendo mi vida.
Hoy puedo decirte que di vuelta la ecuación.
Si antes el 90% de mi vida giraba alrededor de mi cuerpo, hoy ese 90% lo ocupan las personas que quiero, los desafíos que me encienden, las experiencias que le dan sentido a mi vida. El cuerpo sigue ahí — y lo cuido — pero ya no es el centro.
Después de atravesarlo sola, y de ver que la mayoría de las mujeres que acompaño viven lo mismo, tomé una decisión: quiero ser la última mujer en haber pasado por esto en soledad.
Si vos estás en ese lugar — creyendo que el día que tu cuerpo cambie vas a poder empezar a vivir — quiero que sepas que no tenés que transitarlo sola.
Estoy acá para acompañarte.